Creo firmemente en el diálogo y en la caballerosidad, y creo, además, que Lleida tiene muchos motivos para reivindicar su entrañable relación histórica con Aragón, pero no me gusta que venga un amigo a casa para venderme duros a cuatro pesetas, con la navaja de una querella bajo la capa, me llame cornudo con discursos de circunstancias (o ladrón de cuadros) y encima me propine unos guantazos (poco menos que insultando al presidente de la Diputación). No creo que a la gente de Lleida le agrade sentirse cornuda y apaleada. Como no creo que aportase nada, excepto pura escenificación política, lo que vino a decir en Lleida el presidente de Aragón, Marcelino Iglesias, invitado de forma sorprendente por el otro diario de la ciudad a dar bombo a sus reclamaciones sobre el arte sacro de Lleida. Bajo el sayo de la cortesía e invocando la democracia y la globalización se pueden cometer muchas sandeces y tejer la más fina hipocresía. Debemos cuidar las buenas relaciones vecinales con Aragón, sin duda, puesto que Lleida se afianza como capital económica de un vasto territorio que incluye una amplia zona aragonesa, pero no al precio que se ha pagado esta semana. Iglesias vino a exigir la entrega del arte sacro a la diócesis de Barbastro-Monzón, sin importarle un pimiento la propiedad que testifica el Museu de Lleida, justo al día siguiente de presentar una demanda civil en la que reclama incluso “el auxilio de la Fuerza Pública”. Alguien tendrá que explicarnos a qué intereses servía ese montaje.
El montaje político organizado en Lleida para bombear la reclamación aragonesa del arte sacro no tiene precedentes. Y me temo que, además de inoportuno, sólo sirva a estrategias partidistas en detrimento de los intereses del Museu de Lleida. El diario que se prestó a airear las exigencias de Marcelino Iglesias (por cierto, dirigido por un aragonés), puso como lema de la operación “Lleida, pont entre Aragó i Catalunya”. Yo no sé si saben que los puentes unen dos riberas y si tienen claro que Lleida no está en tierra de nadie, sino que forma parte de Catalunya. Por tanto, me parece más adecuada la definición que hizo el propio presidente de Aragón al situar Lleida como enclave estratégico entre el valle del Ebro y Barcelona. Pero, para ir atando cabos, fíjense que el alcalde de Lleida, en otro gesto sorprendente, envió a los diarios locales su artículo del domingo utilizando el mismo eslogan de la operación con que se auspició el desembarco de Iglesias: “Lleida, pont entre Aragó i Catalunya”. Y, como supongo que Ros sabe lo que es un puente y dónde está Lleida, sólo cabe pensar que lo hizo para apoyar la maniobra. El único político que advirtió la jugada y no asistió al besamanos de Marcelino fue el republicano Jaume Gilabert, presidente de la Diputación, que se ha distinguido junto con su correligionario Treserras por la defensa del arte sacro del Museu. El presidente aragonés le obsequió con un belicoso torpedo. Y luego dijo que la política no debió entrar en el litigio. Entonces, ¿a qué vino?
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